Una región también se conoce en la mesa
La cocina santandereana nació del encuentro entre productos nativos, prácticas indígenas, vida campesina y aportes llegados durante la época colonial. No existe una única receta para todo el departamento: cada familia y municipio conserva variaciones en ingredientes, sazón y forma de servir.
El mute santandereano es una sopa abundante preparada, según la tradición de cada hogar, con maíz, legumbres, tubérculos, verduras y carnes. La arepa santandereana suele elaborarse con maíz amarillo; algunas recetas incorporan chicharrón y emplean ceniza en el proceso de preparación del grano.
El cabro puede servirse asado, al horno, sudado o frito. Uno de sus acompañamientos tradicionales es la pepitoria, preparación hecha con vísceras, arroz, condimentos y, en algunas recetas, sangre del animal. Conocer los ingredientes permite que cada visitante elija de acuerdo con sus gustos, convicciones o necesidades alimentarias.
De la hormiga al bocadillo
Las hormigas culonas forman parte de una práctica alimentaria de origen indígena. Se recolectan durante un periodo corto al comienzo de las lluvias y tradicionalmente se tuestan. Más que una curiosidad, representan un saber estacional transmitido por generaciones.
En la provincia de Vélez, la guayaba y el azúcar se convierten en bocadillo veleño, tradicionalmente envuelto en hoja de bijao. El producto cuenta con denominación de origen protegida para una zona que incluye Vélez, Barbosa, Guavatá y Puente Nacional, en Santander, y Moniquirá, en Boyacá.
También son parte de la mesa regional la carne oreada, las hayacas, la yuca, la panela, los dulces, el café y las frutas. La oferta cambia entre plazas de mercado, cocinas familiares y restaurantes.
Comer con curiosidad y respeto
Probar la cocina local es reconocer el trabajo de quienes siembran, crían, cosechan, cocinan y venden. Antes de pedir, pregunta por los ingredientes, el tamaño de la porción y las alternativas disponibles. Si tienes alergias o restricciones alimentarias, comunícalas con claridad.
Cada plato guarda memoria, pero la tradición no es inmóvil: las cocinas cambian y dialogan con nuevas generaciones. Disfrutarlas de manera responsable ayuda a mantener vivos los saberes y las economías locales.


